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viernes, 16 de octubre de 2020

17 de octubre: A 75 años del día que nació el peronismo y cambió la Argentina **

 


También fue el inicio del antiperonismo, una grieta que continúa hasta hoy. El misterioso rol de Evita y el primer discurso de Perón como líder político.

Fue el día en el que nació el peronismo. Y el día en que nació el antiperonismo. Y la grieta. La antigua grieta argentina que marcó a generaciones enteras, que forjó de alguna forma al país de hoy y que de tanto en tanto reaparece, con regular intensidad, con caprichosos desenlaces, con melancólico fatalismo.

Hace 75 años, el 17 de octubre de 1945, una gigantesca movilización popular exigió, y obtuvo, la liberación del coronel Juan Perón, que había sido vicepresidente, ministro de Guerra de una Argentina neutral durante la guerra mundial, y secretario de Trabajo y Previsión de la dictadura militar instaurada el 4 de junio de 1943.

La gigantesca marcha obrera que desafió kilómetros, barreras policiales, ausencia de transportes; que sorteó el Riachuelo, en bote o a nado cuando los puentes que unían la Capital con Buenos Aires se alzaron para impedirles el paso; aquel mar de gente llegaba desde los barrios más humildes del sur, desde las lejanas Berisso y Ensenada de los frigoríficos, desde los talleres de la zona industrial de Avellaneda, Lanús, Quilmes o La Matanza e incluso desde los talleres metalúrgicos y madereros del sur de la Capital, y representaba una nueva clase social, nacida en los años 30, aquellos de la Argentina opulenta, conservadora y despótica, que disfrazaba su autoritarismo con definiciones rimbombantes como la del fraude patriótico.

La multitud que el 17 de octubre entró en la Capital y en la historia, sólo tenía un eslogan: “Queremos a Perón”. El tambaleante poder militar, que días antes había encarcelado al coronel, lo convocó para que apagara el imprevisto incendio social. En la alta noche de aquel largo día, Perón habló desde el balcón de la Casa Rosada a la multitud reunida en la Plaza de Mayo. Eran las once y diez. Lo escuchaban entre doscientas y trescientas mil personas, una cifra tremenda en aquella Argentina escasa de habitantes; una cifra que la leyenda, y el propio Perón, aumentó luego hasta el improbable “millón de personas”.

Fue su primer balcón y acaso el único de sus discursos que no empezó con su legendario “Compañeros”: dijo “Trabajadores”. Fue un discurso emotivo en el que lanzó su candidatura política, consciente de que el gobierno llamaría a elecciones en seis meses; anunció que dejaba el Ejército, del que nunca se fue; creó una comunión definitiva con los trabajadores, castigó con dureza a la oposición y llamó a la sensatez y a la calma. Una receta que lo llevaría a regir los destinos del país por casi tres décadas, hasta su muerte en 1974.

“Esta es la verdadera fiesta de la democracia, representada por un pueblo que marcha a pie durante horas para llegar a pedir a sus funcionarios que cumplan con el deber de respetar a sus auténticos derechos. Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores. Siempre he sentido una enorme satisfacción, pero desde hoy sentiré un verdadero orgullo de argentino porque interpreto este movimiento colectivo como el renacimiento de una conciencia de los trabajadores, que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la Patria. (…) Hace dos años pedí confianza. Muchas veces me dijeron que ese pueblo por el que yo sacrificaba mis horas de día y de noche habría de traicionarme. Que sepan hoy los indignos farsantes que este pueblo no engaña a quien no lo traiciona. Por eso, señores, quiero en esta oportunidad, como simple ciudadano, mezclado en esta masa sudorosa, estrechar profundamente a todos contra mi corazón, como lo podría hacer con mi madre. (…) Ha llegado ahora el momento del consejo.

El mapa cuenta los hitos que ocurrieron el 17 de octubre de 1945. Puede recorrerse de forma interactiva y una lupa que sigue los movimientos por el mapa, muestra una composición de fotografías aéreas de la Ciudad de Buenos Aires en 1940, para poner en contexto urbano los hechos de esa época.

Trabajadores: únanse; sean hoy más hermanos que nunca. (…) Diariamente iremos incorporando a esta enorme masa en movimiento a todos los díscolos y descontentos para que, juntos con nosotros se confundan en esta masa hermosa y patriota que constituyen ustedes. (…) Confiemos en que los días que vengan sean de paz y de construcción para el país. (…) Sé que se han anunciado movimientos obreros. En este momento ya no existe ninguna causa para ello. Por eso les pido, como un hermano mayor, que retornen tranquilos a su trabajo”.

Pero no hubo calma. Tras el discurso de Perón, un grupo de jóvenes nacionalistas atacó la sede del diario “Crítica”, en el 1333 de la Avenida de Mayo. “Crítica” había sido enemiga del coronel: “Perón ya no constituye un peligro para el país”, había titulado días antes, cuando el Ejército lo había destituido y enviado preso a Martín García. El diario fue atacado con piedras y los manifestantes fueron baleados desde la terraza. Allí murió Darwin Passaponti, un chico de la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios, conocido hoy como “el primer mártir del peronismo”. En la grieta no escasean los mártires. Trece días antes, otro chico universitario, Aarón Salmún Feijoó, que cursaba el ingreso a Química en la UBA, había sido asesinado de un balazo en la boca por “un tipo de la patota que Perón tenía en Trabajo y Previsión”, reveló hace veinte años su hermano Tito a La Nación. El estudiante protestaba por el cierre de la Universidad decretado por la dictadura de Farrell.

El 17 de octubre de 1945 empezó en realidad en 1943. Con la balanza de la guerra inclinada hacia los Aliados, el Ejército, nacionalista y de espíritu prusiano, que había mirado con más que simpatía a las fuerzas del Eje, temió que el gobierno conservador del presidente Ramón Castillo abandonara la neutralidad y se uniera a los vencedores, decisión que la propia dictadura tomó con su tardía declaración de guerra a Alemania, el 27 de marzo de 1945.

El complot que terminó con la presidencia de Castillo estuvo liderado por una logia secreta del Ejército, el GOU, nacida como “Grupo Obra de Unificación”, que tenía como objetivo convertir al Ejército en custodio de la República y que tuvo entre sus fundadores al coronel Perón y a su par, Domingo Mercante, que sería un fiel colaborador y gobernó Buenos Aires antes de caer en desgracia con el peronismo en 1952. Es la logia del GOU, que en algún momento pasó a ser Grupo de Oficiales Unidos, la que digita aquella danza de generales que, en menos de dos años, llevaría a la presidencia a Arturo Rawson, Pedro Ramírez y Edelmiro Farrell, y en 1946 a Perón, electo en febrero de ese año. Y fue el GOU el sustento que sirvió a Perón, o del que se sirvió Perón, para su meteórica carrera en aquella dictadura en la que ocupó tres cargos decisivos.

Fue en Trabajo y Previsión donde Perón se hizo fuerte y desde donde impulsó la sanción de leyes laborales, el aguinaldo, el Estatuto del Peón de Campo, y mejoró las ya existentes, mejoras que hasta entonces sólo habían sido un proyecto de legisladores del socialismo en su mayor parte. Fue el embrión del masivo apoyo popular que recibiría Perón en octubre de 1945 y las bases del sindicalismo de Estado que iba a instaurar como presidente en 1946, modelo que había visto funcionar en la Italia de Mussolini en 1939.

Cuando el poder militar juzgó excesivos el influjo de Perón, y sus ambiciones, lo obligó a renunciar el 9 octubre, una imposición del general Eduardo Ávalos, jefe de la poderosa guarnición de Campo de Mayo. Al día siguiente, en un ensayo general de lo que sucedería una semana después, Perón se despidió de sus seguidores en un acto frente a Trabajo y Previsión: fue una jugada clave, tramada en su departamento de la calle Posadas, junto con algunos dirigentes sindicales, entre ellos Luis Gay, que fundaría luego el Partido Laborista, estructura política que sostuvo la candidatura de Perón en 1946.

¿Qué dijo Perón en aquel acto? “Deseo manifestar, una vez más, la firmeza de mi fe en una democracia perfecta. Dentro de esa fe democrática, fijamos nuestra posición incorruptible e indomable frente a lo oligarquía. Pensamos que los trabajadores deben confiar en sí mismos. No se vence con la violencia, se vence con inteligencia y organización”.

La oposición a Perón respondió con un acto masivo frente al Círculo Militar, en Plaza San Martín. Era una oposición con mala estrella: apoyada por el embajador de Estados Unidos en Buenos Aires, Spruille Braden, integrada por socialistas, comunistas, radicales, conservadores, jóvenes universitarios, que representaban, a sabiendas o no, el otro lado de la grieta perfecta. El del 12 de octubre fue un acto caótico. La multitud, que veía en aquel gobierno los brotes fascistas que habían quebrado a Europa, exigió frente al Círculo Militar que la dictadura entregara el gobierno a la Corte. Lo que hizo el presidente Farrell fue ordenar la detención de Perón. Al día siguiente, en la cañonera “Independencia”, el coronel fue encerrado en la isla Martín García.

El 14 de octubre, en su prisión isleña, Perón escribe dos cartas. Una al general Ávalos en la que le exige ser juzgado o liberado. La otra carta está dirigida a Eva Duarte: “Mi tesoro adorado (…) Hoy sé cuánto te quiero y que no puedo vivir sin vos".

(…) Hoy he escrito a Farrell pidiéndole que me acelere el retiro, en cuanto salgo nos casamos y nos iremos a cualquier parte a vivir tranquilos. (…) De casa me trasladaron a Martín García y aquí estoy no sé por qué y sin que me hayan dicho nada. ¿Qué me decís de Farrell y de Ávalos? Dos sinvergüenzas con el amigo. Así es la vida. (…) Te encargo le digas a Mercante que hable con Farrell para ver si me dejan tranquilo y nos vamos al Chubut los dos (…)”

El 15 de octubre, la FOTIA (Federación Obrera Tucumana de la Industria del Azúcar) declara una “huelga revolucionaria por tiempo indeterminado en todos los ingenios”. En Berisso, los trabajadores de la Carne, movilizados por Cipriano Reyes, recorren las calles al grito de “Viva Perón y la Secretaría de Trabajo”. El diario “La Época” afirma que los trabajadores de todo el país exigen la libertad de Perón. Ya está en marcha el 17 de octubre. El Partido Comunista niega estar a favor de una huelga lanzada por “elementos nazis”. El Partido Socialista denuncia que se intenta confundir la opinión de los trabajadores y crear “perturbación y anarquía”. La CGT, en cambio, en un documento que no menciona a Perón y “en defensa de las conquistas sociales obtenidas y las por obtener, y considerando que éstas se hallan en peligro ante la toma del poder por las fuerzas del capital y la oligarquía, declara un paro general en todo el país por 24 horas para el jueves 18 de octubre”.

En la tarde del 15 de octubre, el capitán médico Miguel Ángel Mazza, que atiende a Perón desde hace años y lo ha visitado en Martín García, entrega un informe a Farrell: es imprescindible, afirma, trasladar al preso a un centro hospitalario para hacerle exámenes clínicos. El gobierno huele trampa. Envía el 16 a sus propios médicos a la isla, nunca antes tan visitada por tanta gente en tan poco tiempo. Allí, en la noche, hay rosca, confusión, embrollo, desconcierto. Como fuere, a las seis de la mañana del 17 de octubre, Perón entra con sus nanas impecables al Hospital Militar.

Una hora después, en Brasil y Paseo Colón, la policía dispersa una de las primeras manifestaciones obreras que intentaba llegar a la Plaza de Mayo. Una hora después, disuelven otra en Paseo Colón e Independencia. A las nueve y media hay casi diez mil personas frente al puente levadizo Prilidiano Pueyrredón, el de la calle Vieytes, que tiene sus dos hojas de hierro alzadas por la Policía: el acceso a la Capital está cortado.

Vienen de todas partes, pero en especial del sur, de Avellaneda, de Lanús, de Quilmes, de Varela, encolumnados por la Avenida Mitre. Eso no es nada con el otro sur, el de Berisso y Ensenada que, a las ocho de la mañana, se vuelcan enteras a las calles, avanzan hacia La Plata, silban y apedrean al pasar frente a la Universidad, improvisan un acto frente a Gobierno, hasta que se largan, ellos también, hacia Plaza de Mayo. Allí hay furia, hay algunas armas también, están guiados por Cipriano Reyes, que terminará defenestrado por el peronismo. El relato de aquellas horas, narrados con la pericia de un novelista y la fibra de un testigo, quedó escrito, como mucha de la información de esta nota, en “El 45”, que Felix Luna escribió como un tratado para entender aquellos años, aquellos días y aquel fenómeno social y político.

La Policía decide no disolver más marchas, no levantar más puentes. En un mundo sin celulares, sin Internet, sin mensajería, sin satélites; en un país de picapiedras, las noticias, los enlaces, la comunicación entre los manifestantes corre como el aire. Con la música facilonga de “La mar estaba serena”, cantan “Perón no es un comunista / Perón no es un dictador / Perón es hijo del pueblo / Y el pueblo está con Perón”.

Al mediodía hay cerca de diez mil personas en la Plaza de Mayo. Algunos aliviarán luego el fuego de la caminata con el recurso más a mano y efectivo que encuentran: ponen los pies en remojo en las fuentes. No es verdad que aquella escena haya provocado la frase que habló de un “aluvión zoológico”, para insultar a los manifestantes. La frase sí existió, fue dicha por el diputado radical Ernesto Sammartino pero en agosto de 1947 y para despreciar al flamante bloque de diputados obreros del oficialismo. Sammartino fue expulsado de la Cámara y debió exiliarse en Montevideo.

Si bien la Policía levantó los puentes del Riachuelo para evitar el paso de las columnas que venían de Provincia, muchos lo cruzaron nadando o en balsa.

Mientras los caminantes se refrescan en las fuentes, una pequeña delegación de ferroviarios pasa el cerco del Hospital Militar para ver a Perón. Lo ven. Mientras almuerza en la habitación que le cedieron, la del capellán, dice, pícaro y cauteloso: “Dicen que estoy en libertad, pero no me dejan salir”. El Gobierno, ciego y sordo, lee mal la movilización popular. El general Ávalos cree que una vez que la gente sepa que el coronel Perón está bien, volverá a sus casas. Y asunto terminado.

La ciudad y el Gran Buenos Aires están paralizados, las fábricas vacías, el caudal de gente desborda la Plaza de Mayo; cerca de las cinco de la tarde llegan las columnas de Berisso y Ensenada, es un miércoles caluroso, pesado, sin viento; una amenaza leve de lluvia desata un canto desafiante: “Aunque caiga el chaparrón / todos, todos con Perón”; las nuevas columnas son recibidas con otros cantos: “Los que quieran a Perón / que se vengan al montón”.

La casa de Gobierno es un sainete, un corre ve y dile entre la Rosada y el Hospital Militar. Hasta que ya entrada la noche, el general Ávalos se entrevista con Perón en el Hospital Militar. Qué se dijeron es aún un secreto. Ávalos regresa a la Rosada y habla por teléfono con Campo de Mayo: informa que Perón va a hablar esa misma noche desde los balcones de la Casa de Gobierno.

Hugo Gambini, autor de una historia crítica del peronismo, la ubica en Junín, al rescate de sus papeles de identidad y en vistas al futuro casamiento con Perón. En los años 90, el intendente de Lanús, Manuel Quindimil, que tenía en su despacho un santuario dedicado a Eva Perón, dijo a un periodista de este diario que Eva había pasado por Lanús para impulsar a los obreros a que marcharan hacia la Capital. Otelo Borroni y Roberto Vacca, autores en 1970 de una biografía sobre Eva Perón que sólo supo de un primer tomo, la ubican la noche del 16 al 17, junto a su hermano Juan Duarte y en el auto del abogado Román Subiza estacionado en la vereda de los impares de la Avenida Luis María Campos, a la espera de la llegada de Perón al Hospital Militar. Eva Duarte sí había agitado a un sector del sindicalismo para que exigieran la inmediata libertad de Perón. Borroni y Vacca también revelaron hace medio siglo que, a la hora de salir del Hospital Militar rumbo a casa de Gobierno, y de la historia, el coronel dudó, o titubeó, o decidió esperar mientras se paseaba nervioso y en pijama por la habitación. Eva entonces, fuera de sí, le gritó: “¡Vestíte, cagón!” .

Impulsado por el exabrupto de su mujer, se casaron cinco días después, el 22 de octubre, en Junín. O incitado por un llamado telefónico de Farrell, o acaso convencido de que su hora había llegado, Perón llegó a la Casa de Gobierno cerca de las nueve y media de la noche. Quince minutos después estaba reunido con el Presidente.

Lo que sigue, lo dictó Perón en 1971 y en Madrid. La memoria del general era generosa y tendía a la recreación, pero es la pervivió a aquel encuentro. Contó Perón que Farrell le preguntó qué debía hacer el Gobierno. Y Perón le dijo que debían llamar a elecciones, Farrell aceptó de inmediato y las prometió en tres meses. Algo le dijeron sobre el armado de los padrones y, narró Perón, Farrell sentenció: “Bueno, en seis meses”. Sellaron el acuerdo de honor con un apretón de manos y Perón, con dudosa ingenuidad, dijo: “Bueno, general, yo me voy. Hasta mañana”. Y Farrell: “¡No, no! ¡Espere! ¡Salga a hablar a esa gente, que nos van a quemar la Casa de Gobierno!”.

El último paso de comedia de aquel gobierno tuvo como escenario el balcón de la Rosada. Farrell y Perón salieron juntos y debieron abrazarse al grito de la multitud: “Farrell y Perón / un solo corazón”. También debió saludar el coronel Mercante “Con Perón y con Mercante / la Argentina va adelante” y hasta el circunspecto Hortensio Quijano, que en 1946 sería vicepresidente de Perón, se pegó un baño de popularidad: “Perón encontró un hermano / Hortensio Jota Quijano”.

Por fin, a las once y diez de la noche, Perón se decidió a hablar. En 1971 admitió que no sabía muy bien qué decir a aquella marea humana que lo vivaba, que pidió entonces que cantaran el Himno Nacional para ganar tiempo y ordenar un poco sus ideas. Después, se plantó frente al micrófono, respiró hondo y lanzó su: “¡Trabajadores!” Así fue cómo se terminó una Argentina. Y empezó otra.

 **  Alberto Amato

https://www.clarin.com/politica/17-octubre-75-anos-dia-nacio-peronismo-cambio-argentina_0_hxhBmebcf.html


jueves, 3 de septiembre de 2020

03-sept-1971: El día en que Perón se reencontró con el cuerpo de Evita **



En 1957, el cadáver había sido trasladado en secreto a un cementerio de Milán. El 3 de septiembre de 1971, hace hoy 49 años, el general Lanusse hizo reintegrar los restos como gesto de “buena voluntad”.
-Sí –dijo Perón conmovido– es Eva.
El general, con su corazón, ya ajado, sacudido por la emoción, firmó con ímpetu las actas que daban fe de ese acto casi íntimo y ante pocos testigos: el cuerpo de Eva Perón, la mujer que había acompañado con fervor y fanatismo su aventura política entre 1945 y 1952, el año de su joven muerte a los 33 años, volvía a sus manos, embalsamada por el talento del médico español Pedro Ara y ultrajado por los militares que lo robaron el 22 de noviembre de 1955, dos meses después del derrocamiento de Perón.
Todo ocurrió hace cuarenta y nueve años, el 3 de septiembre de 1971, en la residencia “17 de Octubre”, en el 5 de la calle Navalmanzanos, del barrio madrileño de Puerta de Hierro, sede del exilio español de Perón. Y todo estuvo a punto de fracasar por el idiotismo inclaudicable de José López Rega, que entonces ejercía con talento su oficio de alcahuete y no se había convertido en el criminal superministro que, tres años después, aspiraría a heredar a Perón junto a su viuda, María Estela Martínez.
Primero, teatral y vacuo, López Rega gritó: “¡Jefe, no es Eva!”. Luego, rechazado por Perón, se acercó al ataúd con un soplete para abrir la carcasa de aluminio que lo protegía. Tuvieron que avisarle que una leve llama podía hacer arder al cadáver, dado los químicos usados por Ara para embalsamarlo. Hubo que recurrir a un par de caseros abre latas para dejar el cuerpo al descubierto.
Minutos después, el sacerdote italiano Giulio Madurini, superior general de la Compañía de San Pablo en Italia, puso en manos de Perón el gran rosario de oro que el papa Pío XII había regalado a Eva Perón en 1947, en ocasión de su visita al Vaticano. “Yo lo veía a Perón muy emocionado –dijo Madurini a este diario en 1997-. Se mostró sorprendido y contento cuando le di el gran rosario. Me lo agradeció. Hablamos en italiano”.
El padre Madurini tenía aquella reliquia en su poder porque horas antes la había puesto en sus manos el coronel Héctor Cabanillas, que había sido responsable de la operación secreta que llevó el cadáver de Eva Perón al Cementerio Maggiore de Milán, donde fue enterrada con el nombre falso de María Maggi de Magistris, después de haberlo sacado del país con esa identidad falsa en el buque Conte Biancamano en abril de 1957.
Cabanillas, que guardó el secreto durante catorce años y no lo confió siquiera a su familia, fue el encargado en 1971 de desandar el camino trazado en 1957 para restituir el cadáver a Perón, por pedido del entonces presidente de facto, general Alejandro Lanusse, involucrado directamente en la operación de ocultamiento del cuerpo y de su devolución.
¿Cómo estaba Lanusse en el secreto y qué tenía que hacer en la entrega del cuerpo de Eva Perón el superior de la Compañía de San Pablo en Italia?
Un mes después del derrocamiento de Perón, el 15 de octubre de 1955, Juana Ibarguren, madre de Eva Perón, asilada en la embajada de Ecuador, autorizó por escrito al gobierno de Eduardo Lonardi a dar sepultura a su hija, por entonces en un salón del segundo piso de la CGT.
En noviembre, y en un golpe palaciego, Lonardi fue derrocado por el general Pedro Eugenio Aramburu que mantuvo el compromiso firmado con Juana Ibarguren. Aramburu y su ministro de guerra, Arturo Ossorio Arana, pidieron al coronel Cabanillas que se hiciera cargo del traslado del cuerpo, como aseguró a este diario en 1997 su hijo, el entonces general de brigada Eduardo Cabanillas. El cadáver fue a parar a manos del jefe de la SIDE, coronel Carlos Moori Koenig, un desquiciado que ultrajó el cuerpo y lo convirtió en objeto de exhibición para sus amistades.
En 1957, por fin, Cabanillas organizó la operación de traslado del cadáver de Eva Perón a Milán. Artífice del andamiaje secreto fue un cura paulista, el padre Francisco “Paco” Rotger, que había casado a Lanusse con Ileana Bell, y que era su confesor cuando Lanusse era jefe del regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín, custodia del presidente Aramburu. Una trama perfecta.
Rotger habló con su amigo, Eugenio Pacelli, que en 1957 era el Papa Pío XII. Y la Iglesia se encargó de todo. Envió a Buenos Aires al sacerdote Giovanni Penco, superior de la Compañía de San Pablo, que se entrevistó con Cabanillas y se encargó de arreglar el entierro de Eva Perón bajo una falsa identidad. “A Penco lo envió el Papa”, dijo Cabanillas hijo en 1997. El sacerdote italiano guardó el secreto y lo confió luego a su sucesor, el padre Madurini.
Aquellos años turbulentos y los hechos que rodearon la salida de Buenos Aires y el entierro clandestino de Eva Perón en Milán, están relatados en “Secreto de Confesión”, del periodista Sergio Rubin, un libro imprescindible para comprender, o al menos para intentarlo, aquel país de delirios.
En 1971 Lanusse decidió devolver a Perón el cadáver de su segunda esposa por varias razones. Lo hizo, reveló hace más de dos décadas su viuda, con la total anuencia del entonces Papa Paulo VI, Giovanni Battista Montini, que era el arzobispo de Milán en 1957 cuando Eva Perón fue enterrada como María Maggi de Magistris en el Cementerio Maggiore.
La primera razón por la que Lanusse decidió restituir el cuerpo de Eva Perón a su esposo fue para mostrar un gesto de buena voluntad hacia Perón, con quien se iba a medir en los años por venir, de camino a la normalización institucional del país quebrada en 1966 por la “Revolución Argentina”.
Segunda razón, Aramburu había sido secuestrado y asesinado por la guerrilla peronista “Montoneros” entre mayo y junio de1970, luego de haber sido sometido a un “juicio revolucionario”, según sus captores.
Aramburu fue acusado por Montoneros de la desaparición del cadáver de Eva Perón y, en el comunicado número 5 que dieron a conocer ya con Aramburu asesinado, expresaron: “El cuerpo de Pedro Eugenio Aramburu sólo será devuelto luego de que sean restituidos al pueblo los restos de nuestra querida compañera Evita”.
Luego de conocido el asesinato de Aramburu, el coronel Cabanillas, uno de los dueños del secreto, empezó a recibir entonces “presiones” de Montoneros. ¿Confió Aramburu a sus captores el nombre de Cabanillas? Aramburu sabía dónde estaba enterrada Eva Perón. Lo confió a este diario en 1997 la viuda de Lanusse, Ileana Bell: “Mi marido, Aramburu y el padre Rotger eran los únicos que sabían dónde estaba. Yo tampoco lo sabía”.
Dos personas más conocían el secreto: el coronel Cabanillas, que guardaba en una caja de seguridad toda la documentación del caso y el sitio de la tumba en el Cementerio Maggiore, campo 86, tombino 41, y el suboficial del Ejército Manuel Sorolla, que en 1957 había tomado parte de la operación de ocultamiento del cadáver.
Si Aramburu conocía el destino de los restos de Eva Perón, no lo dijo a sus captores en el simulacro de “juicio” al que lo sometieron antes de asesinarlo. Según las diferentes versiones que dio Montoneros, y según quién la cuente, Aramburu dijo: “Evita está en Italia. Pero yo no sé dónde. Y si supiera, no se los diría”, relató en su momento Roberto Perdía. Mario Firmenich dijo que Aramburu sólo reveló que el cuerpo estaba enterrado “en un cementerio de Roma”.
Si algo de todo eso es cierto, en el umbral de su muerte Aramburu mantuvo ante sus verdugos el secreto, un secreto militar, sobre el destino del cuerpo de Eva Perón.
El tercero de los motivos que apresuraron la entrega del cuerpo a Perón por parte de Lanusse fue la certeza de que Montoneros y la CGT estaban sobre la pista del cadáver.
Hay registros de dos viajes a Milán de José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT, y el padre Madurini, heredero del secreto de su antecesor, el padre Giovanni Penco, recordaba que en junio de 1971 entraron ladrones a su oficina de la Compañía de San Pablo; ladrones que no robaron nada, pero que sí revolvieron toda la documentación. Lo que casi con seguridad buscaban, no estaba en esas oficinas: Madurini había guardado todo en una carpeta sellada que había entregado en custodia a una enfermera de apellido Orlandini.
El padre Madurini fue una de las personas ante quien se exhumó el cuerpo de Eva Perón en el cementerio Maggiore de Milán el 1 de septiembre de 1971 en el primero de los pasos para cumplir con la entrega del cuerpo a Perón. Junto al sacerdote estaban Cabanillas y Sorolla.
El ataúd fue abierto en un carrito de transporte. Al ver la figura de Eva Perón embalsamada, los sepultureros gritaron “¡Milagro, milagro!” ante la inquietud de Cabanillas y la explicación que dio Madurini: les dijo a los sepultureros que el embalsamamiento era una costumbre muy extendida en América del Sur.
El ataúd fue cargado en un furgón Citroen de la funeraria milanesa Fuseti, con el chofer Roberto Germani al volante y Sorolla como custodio, dispuestos ambos a hacer el largo viaje Milán-Madrid. Mientras, Cabanillas y Madurini corrían al aeropuerto de Linate para viajar en avión a Barajas.
El furgón recorrió casi mil quinientos ochenta kilómetros y atravesó Génova, Savona, Mónaco, Montpellier, Perpiñán hasta La Junquera, un municipio español de la provincia de Gerona, fronterizo con Francia.
Allí, y pese a sus protestas, el chofer Germani fue relevado de su misión: la Guardia Civil se hizo cargo del transporte de los restos de Eva Perón en un operativo coordinado por las autoridades del gobierno de Francisco Franco y el embajador argentino en Madrid, brigadier general Jorge Rojas Silveyra.
Rojas Silveyra había sido nombrado por Lanusse especialmente para vérselas con Perón. En 1997 se definió ante Clarín: “Odio tanto a los peronistas como a los radicales. Soy conservador orejudo, partidario del fraude, la violencia y el entreguismo, que era cuando el país mejor andaba”.
Cuando Lanusse le anunció su destino de diplomático, Rojas Silveyra le dijo entristecido: “No, Cano… No podes hacerme esto…”.
“Sí, puedo –le dijo Lanusse– porque sos el único tipo que conozco que es más gorila que yo”.
En la tarde del 3 de septiembre de 1971 y ya en tierra española, el cortejo con el cuerpo de Eva Perón cubrió el trayecto entre Barcelona y Madrid, custodiado con discreción, aunque la operación ya no era un secreto: ante el furgón se cuadraban todos los miembros de la Guardia Civil que le veían pasar.
Por fin, entró a la capital española poco antes de las ocho de la noche del 3 de setiembre. Poco antes de enfilar hacia Puerta de Hierro, Sorolla quitó del féretro la chapa de bronce con el nombre “María Maggi de Magistris” y colocó otra que decía: “María Eva Duarte de Perón”.
Hubo una última espera decretada sólo por el rigor histórico de los militares argentinos al frente de la operación: el ataúd estuvo a punto de llegar a Puerta de Hierro a las ocho y veinticinco de la noche, las 20.25 que la historia oficial fijó como la de la muerte de Eva Perón el 26 de julio de 1952. Para evitar coincidencias azarosas e inquietantes, el furgón entró a la residencia de Perón después de esa hora.
Cabanillas entregó los restos a Perón. El ataúd fue abierto ante los testigos: Perón, su entonces delegado personal, Jorge Daniel Paladino, María Estela Martínez de Perón, “una persona que dijo llamarse López Rega”, dice el acta, Rojas Silveyra, dos sacerdotes mercedarios amigos de Perón y el sacerdote Alessandro Angeli, que no era otro que el padre Madurini que actuó durante toda la ceremonia con ese nombre falso: “Usé Alessandro, que es mi segundo nombre, y Angeli porque mi padre se llamaba Angelo”, dijo a Clarín en 1997.
Sin embargo, el largo peregrinaje del cuerpo de Eva Perón no había terminado. Todavía iba a estar atado a los vaivenes y delirios de la vida política argentina.
El 15 de octubre de 1974, tres meses y medio después de la muerte de Perón y con su viuda en la presidencia, Montoneros secuestró del cementerio de la Recoleta el ataúd con los restos de Aramburu y exigió a cambio la restitución del cuerpo de Eva Perón.
Dos días después, el cuerpo viajó de Madrid a la Argentina, donde fue recibido por Isabel Perón y López Rega y una banda de civiles que hicieron ostentación de su armamento pesado y pasó a reposar en una cripta en la Quinta presidencial de Olivos, junto al féretro de Perón.
Tras el golpe militar del 24 de marzo de 1976, el cadáver de Eva Perón fue depositado en la bóveda de la familia Duarte, en Recoleta, a seis metros de profundidad y bajo una gruesa plancha de acero.
Cuando casi todos los protagonistas de esta historia, y muchos de sus testigos, han muerto ya, el eco del pasado trae una última, pequeña anécdota; un diálogo entre Perón y Rojas Silveyra en cálida noche madrileña: una extraña comunión entre enemigos.
Perón tomó del brazo al brigadier y le dijo: “Venga Rojitas”. Salieron al jardín de la residencia y caminaron juntos un trecho.
-Señor –le dijo Rojas Silveyra, que no quería adjudicarle a Perón grado militar alguno, usted está llorando…
-Mire –contestó Perón, yo he sido con esta mujer mucho más feliz de lo que todo el mundo cree.

** © Alberto Amato