Mostrando las entradas con la etiqueta Elpidio González. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Elpidio González. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de octubre de 2023

El ejemplo de ELPIDIO GONZÁLEZ: rechazó la jubilación de privilegio de vicepresidente y vendía anilinas para sobrevivir

 


Por su situación económica precaria, se instituyó la jubilación de privilegio que él rehusó a cobrar. Tampoco quiso percibir el sueldo cuando fue el vicepresidente de Marcelo T. de Alvear, por el honor que representaba. Radiografía de un político que predicó, en soledad, con el ejemplo

Ese hombre mayor que lo parecía aún más por la larga blanca que lucía, corrió como tanto le dieron las fuerzas para alcanzar al mensajero. Vivía en una pensión que estaba por ser demolida por el tendido de la Avenida 9 de Julio y que, ante la llegada de los operarios, le pidió al capataz algunos días para conseguir otro techo, ya que él y otros inquilinos esa noche dormirían en la calle. Cuando cayeron en la cuenta de que el que respetuosamente pedía una prórroga era Elpidio González, ex vicepresidente, la noticia corrió como reguero por la ciudad.

Verdad o leyenda, el presidente Agustín P. Justo se enteró de su precaria situación económica, y envió a su secretario general a llevarle dinero. “Se lo dejo. Es la orden que tengo del general Justo, quien le envía, además, un afectuoso saludo”, le dijo el mensajero.

González vio que dentro del sobre había muchos billetes de mil pesos. Él mismo contó: “Felizmente lo alcancé al señor que me lo había dejado y se lo devolví. No lo quería recibir de vuelta, y tuve que ponerme muy serio y decirle que no iba a permitir que me ofendiera así el Presidente ni nadie, por más buena voluntad que hubiera de por medio”.Había nacido en Rosario, el 1º de agosto de 1875. Luego de recibirse de bachiller en el Colegio Nacional de esa ciudad, se trasladó junto a su madre Serafina a Córdoba, donde estudió hasta quinto año de abogacía. Abandonaría los estudios para recibirse finalmente en 1907 en la Universidad Nacional de La Plata.

Venía de prosapia radical, ya que su padre, el coronel Domingo González, un viejo soldado federal del Chacho Peñaloza, había participado en 1893 de la revolución radical de Rosario. Y Elpidio estuvo a su lado. Él mismo volvería a jugársela en la provincia mediterránea en la revolución del 4 de febrero de 1905. Para entonces, se convirtió en el referente del radicalismo local.

CON YRIGOYEN Y CON ALVEAR


No quiso ser gobernador de la provincia, y la banca de diputado nacional que ocuparía pronto la abandonaría para ser ministro de Guerra en la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen. El presidente buscó a una persona de carácter para que ocupase un puesto reservado tradicionalmente a militares.

También le tocó ser jefe de policía durante la Semana Trágica de enero de 1919. El desempeño represivo de las fuerzas del orden, así como de civiles armados que protagonizaron un violento progrom en el barrio del Once, matando y torturando a inocentes, hizo que tanto anarquistas y socialistas nunca se lo perdonasen.

Aún con recelo por su amistad con Yrigoyen, Marcelo T. de Alvear lo llevó como vicepresidente. Entonces renunció a su sueldo, explicando que si el pueblo lo había colocado en semejante responsabilidad, no estaba bien recibir dinero por ello. Además, consideraba que ejercer la vicepresidencia era todo un honor y que si desempeñaba bien su trabajo, el prestigio tendría mucho más valor.

Durante el segundo mandato de Yrigoyen, ocupó la cartera de Interior e interinamente la de Guerra, en los días previos al golpe del 6 de septiembre de 1930.

Fue detenido cuando se dirigía a su casa de la calle Gorostiaga, en Palermo. “Cumpla con su deber”, le dijo al policía. Luego de un breve paso por el Departamento Central de Policía, lo alojaron en el mismo barco donde estaba el ex presidente radical. Juntos compartirían las penurias del encierro en la isla Martín García. Elpidio permanecería dos años detenido en la Penitenciaría Nacional. Cuando su madre falleció, el propio González debió subirse a la carroza fúnebre, ya que no disponía de dinero para contratar un mejor servicio. Debió volver a vivir a una pensión ubicada en la Avenida de Mayo, la misma que había ocupado de joven, ya que le habían ejecutado la hipoteca que pesaba sobre su vivienda.




Según recuerda haberle escuchado contar a Elpidio el taquígrafo y dibujante del Congreso Nacional Ramón Columba, el dirigente radical en 1916 poseía un patrimonio de 350.000 pesos; y en 1930 tenía 65.000 pesos, pero en deudas.

VENDEDOR DE ANILINAS

Desde su juventud, Elpidio era amigo del alemán Germán Ortkras, quien había fundado en 1911 la empresa Anilinas Colibrí. Al verlo en tan mala situación económica, el empresario le ofreció pagarle la jubilación correspondiente a vicepresidente de la República, a lo que Elpidio se negó enérgicamente. Sí consintió en trabajar para la empresa, y puso como condición no ganar más que los jefes.

Era común verlo, siempre con el mismo traje oscuro, maltratado por el uso y su característica barba blanca, recorrer algunos comercios de zapateros amigos de la zona de Avenida de Mayo. Algunos vecinos lo reconocían y se asombraban de su triste destino. “No se puede creer…”, comentaban. “Es lo que corresponde”, respondía.

En la empresa aún recuerdan cuando en una oportunidad debió ir a hacer un trámite: no tenía dinero para pagar el estampillado.


Al trabajo iba en tranvía y eran usuales las discusiones, ya que no le querían cobrar el boleto. La empresa estaba en Alvarez Thomas y Elcano y lo habían nombrado a cargo de la oficina de morosos incobrables. Algunos clientes, simpatizantes radicales, se atrasaban deliberadamente en los pagos, sólo para que González les enviase la carta de intimación firmada de su puño y letra. En Colibrí aún se conserva como un tesoro la máquina de escribir Underwood que usaba.

“NO ESPERABA ESTA RECOMPENSA, NI LA DESEO” 


 

Ahogado en deudas y luego de que la justicia le rematase su vivienda, se negó a cobrar una jubilación de privilegio que, curiosidades de la historia, había sido creada a partir de su caso.

Fue el diputado Adrián Escobar el autor de un proyecto que contemplaba una jubilación vitalicia para presidentes de 3000 pesos mensuales y para vicepresidentes, de 2000 pesos. En 1938 fue ley. En la pensión donde vivía era todo alegría. “¡Don Elpidio! ¡Dos mil pesos! ¡Ya tiene su jubilación de vicepresidente!”. La respuesta los descolocó. “No, yo no puedo aceptar eso. No, no…”.

El 6 de octubre de 1938 le escribió una carta al presidente Ortiz, en la que señalaba: “Habiendo sido promulgada la Ley que concede una asignación vitalicia a los ex Presidentes y Vicepresidentes de la Nación, cúmpleme dejar constancia al señor Presidente, en su carácter de ‘jefe Supremo de la Nación, que tiene a su cargo la Administración General del País’, de mi decisión irrevocable de no acogerme a los beneficios de dicha Ley”.


“Al adoptar esta actitud sigo íntimas convicciones de mi espíritu. Entregado desde los albores de mi vida a las inquietudes de la Unión Cívica Radical, persiguiendo anhelos de bien público, jamás me puse a meditar, en la larga trayectoria recorrida, acerca de las contingencias adversas o beneficiosas que los acontecimientos podían depararme. No esperaba, pues, esta recompensa, ni la deseo y, al renunciarla, me complace comprobar que estoy de acuerdo con mis sentimientos más arraigados”, siguió.


“Confío en que, Dios mediante, he de poder sobrellevar la vida con mi trabajo, sin acogerme a la ayuda de la República por cuya grandeza he luchado y que, si alguna vez, he recogido amarguras y sinsabores me siento recompensado con crecer por la fortuna de haberlo dado todo por la felicidad de mi Patria. Saludo al Señor Presidente”, concluyó.

Mientras tanto, continuaba participando de los actos partidarios y se lo veía activo y en la primera fila en los actos.


A comienzos de octubre de 1951 fue operado en el Hospital Italiano. Estuvo internado allí medio año porque no tenía dónde ir a vivir. Falleció el 18 de octubre de 1951 acompañado de unos pocos familiares y amigos. Fue velado en el comité de la UCR y enterrado en el Panteón de los caídos de la Revolución del ‘90, junto a su amigo Yrigoyen.

Fue un hombre de conducta y códigos, que pocos entonces comprendieron. Mientras fue funcionario, decía: “La comunidad nos debe merecer respetos y sacrificios, y cada individuo debe darle lo que pueda de sí”. Más ejemplos así se necesitan.


 Fuente: Adrián Pignatelli . INFOBAE

lunes, 13 de abril de 2020

Elpidio González / por Flavio Rodriguez **





 Era una fría y neblinosa madrugada de 1951. El pobre viejito se había gastado todo el poco dinero que le quedaba, en remedios… cuando no, en este país, y era el único habitante que quedaba en esa destartalada pensión de muy mala muerte ubicada en la calle 9 de Julio y Paraguay. Justo en medio de esa intersección estaba el miserable establecimiento, ya que la 9 de Julio era todavía de una sola mano, una simple calle orientada hacia Constitución. Le habían avisado que la iban a demoler, que se fuera, pero... ¿A dónde iba a ir? Débil, enfermo, sin dinero, la familia hacía rato lo había abandonado y los amigos se habían ido muriendo también. Su ya desgastada colcha, su fiel compañera durante las largas noches de invierno pasadas en casi todas las plazas y húmedos baldíos de la Ciudad, estaba firme junto a él, al igual que el atadito de diarios que usaba como almohada quién sabe desde cuanto tiempo atrás… ¿Meses? ¿Años?... No hacía falta más.

Y era así: La terrible maquinaria del futuro, las temibles topadoras del todopoderoso e incorruptible Intendente Juan Debenedetti que preanunciaban el Progreso (continuando la obra comenzada en 1936 por el Intendente Juan de Vedia y Mitre), se encontraban a solo 20 metros de la pensión, una casucha tan simple de aplastar, como si fuera una hormiga.
Al operario se le ocurre milagrosamente mirar en el interior y ve que estaba acostado el pobre viejo tiritando de frio, tapado con una vieja colcha. Se acerca y le pide que salga porque lo van a tirar todo abajo. El viejo se niega. El operario le dice que lo van a reubicar. El viejo se niega. El operario le pide el nombre y el viejo, de mala gana (o entregado a su suerte), se lo da.

El operario va corriendo buscando a su capataz…
- “¡Capataz, capataz! Paren, no sigan” …
El operario, corriendo, entra a las oficinas del Intendente y le dice que hay todavía un viejo enfermo, que no se puede avanzar con el ensanche y apertura de la 9 de Julio. Debenedetti, conocido por sus malos modales y sus muy pocas pulgas, le dice a su capataz:
- "me agarrás a seis morochos y no volvés hasta que al viejo de mierda lo sacás de ahí, a patadas en el culo si es necesario, pero me lo sacás y tirás todo ya, sino andáte derechito a tu casa".
El operario, temblando, se acerca al Intendente y le susurra al oído:
- "Me dijo que se llama Elpidio González".
- “¿Cómo, qué nombre dijo? Repítalo”.
- “Me dijo que se llamaba Elpidio González”.
Por primera vez en su vida Debenedetti se puso blanco como una hoja de papel, sus manos temblaban y sus labios también lo hicieron aunque con una menor intensidad. Cuando al fin pudo emitir sonido, con sus ojos desbordando lágrimas, ordenó:
- "Te-te-terminen de aplastar todo lo demás, ha-hasta el fondo. Perforen, corten, quiebren y desmonten to-todo lo necesario. Pero a esa pensión le pasan por los costados, ni se les ocurra tocarla y mucho menos molestar al Señor Elpidio González, salvo que quieran que los cague a patadas".
Debenedetti se dio perfecta cuenta que esa pensión era intocable para él o para cualquiera, por más que los hubiera amenazado con el despido: Es que el "Bienamado" estaba allí.
Les cuento que cuando uno llega por el camino del fondo del Cementerio de la Recoleta y se encuentra con el Monumento a los Caídos en la Revolución del '90 (conocido también como el Panteón Radical) y observa la placa del frente, puede ver ilustres nombres de quienes se encuentran allí (Leandro Alem, Hipólito Irigoyen, Arturo Humberto Illia). Y mezcladito entre estos tres uno lee "Elpidio González", es raro, porque "no suena", ¿quién fue? ¿Por qué está mezclado ahí con esos próceres del radicalismo?
Elpidio González fue, entre otros cargos ejecutivos, vicepresidente de la Nación Argentina, durante el gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear. Está catalogado como uno de los sólo tres o cuatro más importantes funcionarios que tuvo nuestro País. Abogado brillante, dos veces diputado, una por la Capital y otra por Córdoba, ministro del Interior, ministro de Guerra (Defensa), Jefe de Policía y, como dijimos, vicepresidente de la Nación Argentina.
Lo primero que hizo cuando asumió la vicepresidencia fue renunciar a todos sus sueldos del Estado, consideraba que si el Pueblo lo había puesto en esa responsabilidad era incorrecto percibir honorarios, bastaba con el honor de haber sido electo. Mas aún, consideraba que el trabajo en el Estado era una carga pública, que un trabajo bien hecho en ese ámbito otorgaba prestigio, y que eso era suficiente pago por los servicios a la Nación. Desde su punto moral y ético consideraba que la Nación lo había formado como hombre y como profesional en forma gratuita y que esta era forma de devolver algo de todo lo que recibió.

Su horario de trabajo "formal" (en la realidad era de 24 hs.) era de 7 a 18 hs., por eso extrañó el pedido que le hiciera a Alvear de que lo eximiera de las últimas dos horas de trabajo ministerial, para así poder salir a las 16 hs.
¿Vagancia? ¿Avivada? ¿Un pequeño acto de corrupción? No, nada de eso. Al mes, uno de los ministros de Alvear le cuenta al presidente que mientras caminaba hacia el Palacio de Tribunales para ver el estado de las obras, se cruza en Plaza Lavalle con Elpidio... ¡que estaba sentado en un banquito vendiendo Anilinas Colibrí y pomada para los zapatos!
Como este ministro no pudo creer lo que vio, pasó dos días seguidos más, y ahí seguía estando Don Elpidio vendiendo sus productos, que a las 18 hs. guardaba en un maletín y los iba vendiendo puerta por puerta hasta llegar a su domicilio.

¡El Vicepresidente de la Nación Argentina vendía anilinas y pomadas porque consideraba un deshonor cobrar sueldos del erario público! Y fue así como mantuvo a su familia, con esos ingresos.
Elpidio González se retira de la política casi apenas finaliza el mandato de Alvear, consideraba que no podía ocupar cargos con el Presidente Yrigoyen porque como "El Peludo Yrigoyen" era su amigo, la "Honra de un funcionario de la Nación debe estar por encima de las eventuales sospechas de amistad con sus superiores".

En el '46 un Diputado lo encuentra (ya muy demacrado y con una larga barba blanca producto de la escasez de acero debido a la 2da Guerra Mundial - no había maquinitas Gillette-) vendiendo sus anilinas y pomadas en la puerta del subte. El diputado, con los ojos empañados de lágrimas, se dirige a su bancada, presentan el proyecto de jubilación para ex funcionarios y apenas se aprueba, se determina que el primer beneficiario sería Don Elpidio González. Un grupo de catorce funcionarios muy contentos y emocionados van a buscar a Elpidio para informarle la buena noticia. Una vez que lo hacen...
Elpidio se levantó furioso y los persiguió desde Tribunales hasta la puerta del Congreso blandiendo su bastón al aire al grito de…

- "¡Degenerados, corruptos, babiecas! Mientras yo tenga dos manos para trabajar el Estado no tiene porqué mantenerme a mí, habiendo tanta necesidad en el País". Y estuvo tres horas más golpeando con su bastón, furioso, la puerta de la Cámara de Diputados, retando a duelo a todos los que habían votado que le otorgaran la jubilación a él.
El Pueblo lo amó, pero nunca más quiso presentarse a ningún cargo público. Interpretaba que la ciudadanía no debía incubar ninguna sospecha en las personas que son honradas con el mandato de servicio y la responsabilidad que otorga el voto.
El Vicepresidente argentino llamado Elpidio González, a quién el Pueblo todo (sin banderías políticas), había bautizado "Bienamado", nos enseña que la política puede ser honesta, ¡debe ser honesta!

Miro en derredor… Miro a los políticos actuales y veo muy poquitos que aprendieron la lección que nos quiso enseñar el “Bienamado” Elpidio González; nuestras esperanzas de que algún día sean la gran mayoría no flaquean. Pero el cambio debe provenir del pueblo, de la gente

Publicado en https://m.facebook.com/amoresminimos/