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sábado, 26 de septiembre de 2026

MONTONEROS: Firmenich no se arrepiente de nada ***

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Asesor del dictador Daniel Ortega, Firmenich propone en su libro un origen épico de Montoneros para justificar el papel de una orga terrorista que actuó en democracia.

El “mito de los orígenes” es un tema clásico. Cada comunidad, grande o chica, se construye un nacimiento y unos fundadores que justifiquen su existencia como tal, sean Rómulo y Remo, San Martín o la Revolución Francesa. Mario Firmenich construye acá los orígenes de Montoneros, en parte para justificar sus acciones y en parte para legar una experiencia que, según declara, ya ha concluido.

¿Que tiene que justificar, a la luz de las preguntas actuales? En primer lugar las acciones terroristas y las ejecuciones, comenzando por la de Aramburu. No dice nada nuevo: fueron parte de una guerra justa, librada por el pueblo contra gobiernos ilegítimos y represivos, que fueron los primeros en ejercer la violencia terrorista. Fue una guerra civil, que enfrentó a quienes ejercieron una violencia justificada por la ética y por la ley de la guerra, y quienes sumaron a su política represiva la violencia estatal, terrorista, bárbara y cruel.

Un poco más original es su justificación en los antecedentes históricos, tal como los cuenta la “historia verdadera”, y no la “historia oficial”. Elige una serie de episodios históricos que significaron, para él y para su organización, ejemplos y lecciones que nutrieron la teoría y la práctica montonera, y sobre todo, conformaron una sólida fundamentación ética. Tan sólida que, medio siglo después, cuando son comunes las autocríticas, Firmenich no se arrepiente de nada.

La mitad de su libro está dedicada a interpretar seis procesos históricos, entre 1780 y 1943. En frases resaltadas con una negrita en itálica, señala las lecciones, experiencias y criterios morales cosechados por la Organización. Espera que ayuden a la formación de nuevos cuadros políticos que retomen la tarea. Casi un Gramsci criollo, solo que sin la cárcel y escribiendo desde Barcelona o Managua.

El primer ejemplo es el de Túpac Amaru, que en 1780 inició en Perú una insurrección contra la tiranía, inaugurada con la ejecución pública de un Corregidor, acusado de abusos y símbolo de la opresión colonial. Túpac Amaru muere víctima de la violencia terrorista del Estado: según la práctica de entonces, se le corta la lengua y se lo descuartiza. Los ejemplos están claros. Agreguemos una referencia que se repetirá en los restantes casos: Túpac Amaru era católico, y se filiaba en el padre Bartolomé de las Casas. Sus victimarios también eran católicos, pero filiados en Hernán Cortés y en la Inquisición.

Aquí están todos los elementos que, reiterados, dan cuenta de una larga guerra civil entre el Pueblo y el Imperio coaligado con la oligarquía local. Entre las diferencias que señala, está la distinta significación de la muertes, que pueden ser “asesinatos” o “ajusticiamientos”. El fusilamiento de Dorrego por Lavalle o el asesinato de Peñaloza, ordenado por Sarmiento, fueron expresiones del terrorismo de Estado. El fusilamiento de los hermanos Carrera por San Martín, o el asesinato de Urquiza por los López Jordán fuero actos de justicia contra los enemigos del pueblo. Así, hasta llegar a “la Fusiladora” de 1955 y su justo castigo, el “ajusticiamiento” del general Aramburu, acta de nacimiento de Montoneros.

Esta revisión ejemplificadora llega hasta 1943, donde comienza un extenso análisis de la “inconclusa” revolución peronista. La etapa revolucionaria coincidió con el primer gobierno, compartido por Perón y Eva Perón. El líder encarnó entonces una revolución integral, en la que Ejército y Pueblo convergieron en una construcción nacional, popular y soberana. En fin, su “historia oficial”.

Este proceso se detiene en 1952, en buena medida por la crisis económica, que explica con la teoría económica de Kondratieff, un economista soviético, y con las ideas de Raúl Prebisch y la CEPAL. Otra vez, nada original.

Pero sobre todo, el responsable es Perón, que claudicó, eludió sus responsabilidades, siguió las políticas convencionales y, sobre todo, no tuvo temple para enfrentar la rebelión opositora. Ya en el exilio, Perón retomó su lugar de líder y Montoneros trató de seguirlo sin perder el paso. Perón habría encabezado un cierto “socialismo nacional” pero terminó absorbido por su “entorno” y expulsándolos del templo. En suma, fue una revolución inconclusa, que Montoneros se propuso continuar.

Paralelamente, Firmenich va desgranando recuerdos de su vida. Su familia es toda de antigua y prestigiosa tradición hispanocriolla, salvo su padre, un Firmenich de origen alemán y –subraya– no eslavo: un empeño genealógico llamativo en un revolucionario popular. Su infancia, anodina, fue ajena al peronismo En el Nacional Buenos Aires tomó contacto con los padres Carlos Mugica y Alberto Carbone, tercermundistas consagrados al antiguo oficio de captar militantes e incluirlos en una organización juvenil católica, la JEC, ya cercana al peronismo. Mugica llevó a los jóvenes a una experiencia inmersiva en el bosque chaqueño, donde descubrió simultáneamente al pueblo y al gran capitalismo. Es 1967; Firmenich ya estaba cerca de García Elorrio y luego, de la lucha armada. Hasta aquí llega, sin agregar mucho a la historia conocida.

Se propuso –nos dice– analizar este proceso a partir de un Marco Teórico Hipotético Deductivo, que incluye la Teoría General de Sistemas, temas que estudió en su largo exilio en Barcelona. Salvo la vetusta referencia a Kondratieff, esa Teoría no aparece en el texto. Pero hay otra

Firmenich, ferviente católico, mira con recelo las vertientes marxistas desarrolladas dentro del Movimiento. ¿A qué recuerda su versión de Montoneros? Loris Zanatta formuló una hipótesis interesante: desde 1955 el principal conflicto de la Argentina fue la guerra civil religiosa, protagonizada por dos vertientes del catolicismo. La narración de Firmenich encaja bien en esta idea.

Pero yendo más hondo, hay otra dimensión del catolicismo profundo que habla a través suyo. La formuló San Agustín a principios del siglo V en La ciudad de Dios. Según Agustín, en nuestro mundo coexisten dos ciudades: Jerusalén y Babilonia; una de ángeles y otra de demonios, que son ángeles desobedientes. En la historia, ambos mundos están mezclados y en conflicto. Así aparecen en cada uno de los ejemplificadores episodios elegidos por Firmenich, donde siempre se enfrentan dos versiones del mundo católico, desde Las Casas contra la Inquisición hasta los católicos peronistas contra la jerarquía eclesiástica. Firmenich y Videla eran ambos católicos de confesión frecuente; pero sus confesores eran muy distintos. Este es el conflicto clave, sobre el cuál se construyen todos los demás. Y en esos términos lo definió, hace quince siglos, San Agustín.

Para Agustín, la historia es un proceso con un sentido y un final: el Juicio en el que Dios separará a quienes moraron en una y otra ciudad. Hasta entonces, la vida sigue. Montoneros –nos dice Firmenich– desapareció por no saber qué hacer en la Argentina democrática. Entonces ha elegido una opción que, según cree, lo llevará bien posicionado ante Dios en el Juicio: desde hace siete años asesora al gobierno de Nicaragua.

***Luis Alberto Romero es historiador y miembro de número de la Academia Nacional de la Historia y de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.