martes, 23 de julio de 2013

El sindicalismo se aferra a un modelo que se desarma



Qué modelo sindical quiere Sergio Massa, el candidato de moda en las filas del gremialismo peronista? Gran parte de este interrogante se despejará el viernes próximo, en La Plata, durante el acto sindical que liderará el intendente de Tigre. Más allá de que allí se oficializará al massismo como un sector, el postulante del Frente Renovador llamará a la unidad de la CGT, defenderá su proyecto dirigido a reducir el Impuesto a las Ganancias y destacará la importancia del movimiento obrero en la Argentina. Es decir, dirá justamente lo que quiere y necesita escuchar la mayoría del sindicalismo.
Pero, ¿sentará posición sobre el reciente fallo de la Corte que borronea el sistema de personería gremial y que causa espanto en los dirigentes porque saben que empezarán a perder poder?
"Sergio bancará el modelo sindical actual", aseguró a Clarín uno de los hombres que mejor lo conocen, que también advirtió que el jefe comunal "podría pronunciarse a favor de ponerle límites a la reelección perpetua en los gremios".
Se daría una curiosidad política: al defender enfáticamente el modelo sindical vigente, un candidato de sesgo opositor como Massa lograría que lo apoye todo el gremialismo más ortodoxo, que, en teoría, milita mayoritariamente en las filas kirchneristas. Claro que no sería el único motivo del ascenso del massismo: en la CGT Balcarce creen que Cristina Kirchner desprecia a todos los sindicalistas y que se propone reemplazarlos por una dirigencia adepta o incluso alentar cambios estructurales para que pierdan poder.
Esa convicción se basa en la indiferencia con que la Presidenta los trata a todos y en un razonamiento obvio: si Cristina avanzó (al menos, formalmente) contra todas las corporaciones que se resisten al modelo K, la única que le falta es la sindical. Sobre todo luego de que fracasó su intento de fracturar a la CGT para debilitar al gremialismo opositor. La central obrera K nunca pudo hacer pie y Hugo Moyano, aún con una estructura más frágil, acaparó la agenda sindical y marcó el ritmo de la protesta.
La CGT oficialista sigue desactivada por sus profundas diferencias internas, pero su titular, Antonio Caló, empezó a desperezarse. Mañana debatirá con los secretarios generales de la UOM, en Villa Lugano, los efectos del fallo de la Corte, y reaparecerá el jueves, en un acto que se realizará en la sede de Smata para presentar a los candidatos legislativos de extracción sindical (de los tres, sólo uno, el mecánico Oscar Romero, un ex massista, tiene posibilidades de convertirse en diputado K por el distrito bonaerense). Participarían del encuentro dirigentes y candidatos kirchneristas como Daniel Scioli, Martín Insaurralde y Daniel Filmus, pero nadie espera a la Presidenta: creen que no se expondrá a eventuales reclamos por Ganancias ante un auditorio netamente sindical.
Hay dirigentes de la CGT Balcarce que impulsan una ofensiva para defender el modelo sindical: temen que ahora se multipliquen gremios paralelos para disputarles el poder. Como Roberto Fernández, jefe de la UTA, que tiene la personería gremial de los trabajadores del subte, pero que ya sufrió una sangría de afiliados en 2008 con la creación del sindicato de los metrodelegados, que cuenta con simple inscripción. Para colmo, el gremio de Beto Pianelli anunciaría en estos días su decisión de realizar una compulsa entre los empleados del subte para intentar quedarse con la personería.
Las grietas que deja a la vista el ajado modelo sindical causan terror en muchos dirigentes. El fallo de la Corte los acorrala y la única solución posible sería la sanción de una reforma de la ley de asociaciones sindicales que permita enderezar la encorvada columna vertebral del peronismo, aunque tampoco hay garantías. En esa ley trabajará la CGT Azopardo, dividida entre los que no quieren cambios, como Gerónimo "Momo" Venegas y Guillermo Pereyra, y los que están convencidos de que sólo con gremios más democráticos y participativos se podrá afrontar el fantasma de la atomización, como Hugo Moyano y su hijo Facundo. El clan Moyano apadrina gremios con simple inscripción, como los jerárquicos de Comercio, o que aún están reclamándola, como la Unión Informática.
El joven diputado sueña con disputarle la UTA al oficialismo kirchnerista, y un primer paso es su buen diálogo con la radicalizada comisión interna de la línea 60. Lo mismo imagina hacer en la Unión Ferroviaria, donde tiene una relación cada vez más estrecha con el combativo Rubén "Pollo" Sobrero.
La izquierda empieza a sacar provecho de los agujeros del modelo sindical, sobre todo con su estrategia de unificarse para las elecciones de los gremios. Primero fue entre los docentes bonaerenses de Suteba, donde se impuso en 11 de las 32 seccionales en que se presentó, y luego en Foetra Buenos Aires: perdió, pero la única lista opositora se quedó con el 37% de los votos (en los comicios de 2009, dividida, logró el 19%).
El próximo test será en las decisivas elecciones de 60 delegados del Ferrocarril Roca, que se realizará el 14 de agosto. Hace dos años ganó el sector de José Pedraza, pese a que el crimen de Mariano Ferreyra se produjo en una emboscada a trabajadores tercerizados de esa línea. Ahora, la izquierda se presentará en una sola lista, liderada por Pablo Villalba, del PTS, y, para colmo, el oficialismo de Sergio Sasia se dividió en dos nóminas.
La efervescencia se manifiesta cada vez en más seccionales. Muestra la peor cara en el gremio de los aceiteros, donde el congreso para elegir autoridades, entre dos fracciones moyanistas en pugna, terminó en una batalla campal y un herido de bala. Y ofrece su faceta más ambiciosa entre los ferroviarios: el sector rebelde de Sobrero y Edgardo Reynoso decidirá pasado mañana, en una asamblea general, una campaña para denunciar al Gobierno y a empresarios por la crisis de los trenes, que incluirá una marcha a la Plaza de Mayo luego de las internas de agosto.
A esa movilización serán invitados los familiares de las víctimas de Once y Castelar. Y también las cinco centrales obreras, es decir, las "víctimas" de la crisis -nada trágica- del modelo sindical.
Por Ricardo Carpena


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