jueves, 18 de junio de 2020

Manuel Belgrano (1770 - 1820) **




Manuel Belgrano (1770 - 1820) **
Nació rico y murió en la pobreza más extrema. Tanto que, cuentan, el mármol para la lápida que coronaría su tumba se sacó de una cómoda.
El derrotero que siguió la vida de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, octavo de dieciséis hermanos de una familia de fortuna, fue exactamente el inverso al de muchos “próceres” contemporáneos. Al de algunos, incluso, que se proclaman sus admiradores y que aspiran a dejar inscritos sus nombres en ese mármol de que el auténtico prócer carecía. Este mes de junio marca dos aniversarios redondos en su historia: los 250 años de su nacimiento -el pasado 3 de junio-, y los 200 de su muerte, el próximo 20.
Las  clasificaciones y simplificaciones a las que los argentinos somos tan adeptos arrinconaron a Belgrano en ese rol, opacando otras facetas y aportes significativos de quien repetía “mucho me falta para ser un verdadero Padre de la Patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella”. Economista, diplomático, político, periodista, abogado y hasta militar no por vocación sino por imperio de las circunstancias, la educación es uno de los campos en que se adelantó a su tiempo: la primera ley que promovía la educación laica, gratuita y obligatoria (Ley 1420) se promulgó en 1884.
Antes de que despuntara el siglo XIX, él ya enarbolaba esos principios, y hacía extensivos esos derechos a las mujeres. Y a la fundación de cuatro escuelas donó los cuarenta mil pesos con que la Asamblea del año XIII quiso recompensar el triunfo en la batalla de Salta: “Fundar escuelas es sembrar en las almas” y “Un pueblo culto nunca puede ser esclavizado”, decía.
La agricultura, el comercio (“Este país, que al parecer no reflexiona ni tiene conocimientos económicos, será sin comercio un país desgraciado, esterilizada su feracidad y holgando su industria”), el cuidado del medio ambiente, el endeudamiento externo, el flagelo de la corrupción (“Nunca han podido existir los Estados luego de que la corrupción ha llegado”), la necesidad de justicia (“El modo de contener los delitos y fomentar las virtudes es castigar al delincuente y proteger al inocente”), la condena a su desigual aplicación (“Que no se oiga ya que los ricos devoran a los pobres, y que la justicia es sólo para aquéllos”,“ parece que la injusticia tiene en nosotros más abrigo que la justicia”).
La defensa de la libertad (“La vida es nada si la libertad se pierde”), la búsqueda de la unión por encima de cualquier grieta, aunque no se la llamara así por entonces (“Todas las dificultades se vencerían rápidamente si hubiera un poco de interés por la patria”; “mis intenciones no son otras que el evitar la efusión de sangre entre hermanos”).
“Es preciso contener la venganza y pedir a Dios que la destierre, porque de no ser así, esto es de nunca acabar y jamás veremos la tranquilidad”.
El 20 de junio de 1820, en su lecho de muerte, sus últimas palabras fueron “Ay, patria mía”. Dos siglos después podría decir lo mismo.
** Silvia Fesquet

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