viernes, 29 de enero de 2021

La maldición del “COFFICE” para los dueños: Bares llenos, Oficinas vacías:

 


La maldición del “COFFICE” para los dueños: Bares llenos, Oficinas vacías:

MADRID.- La escena a las 16 horas en los cafés del centro de Madrid es la envidia de cualquier gastronómico: no queda ni un lugar libre y hay clientes haciendo cola. Muchos son jóvenes con netbooks, cansados de teletrabajar en casa después de nueve meses de pandemia. Sienten nostalgia de la oficina y buscan romper con sus vidas de ermitaños. Es tal la demanda que algunos incluso llaman por teléfono y reservan mesa para hacer una reunión de trabajo con cafés y tostados. ¿Son los teletrabajadores la tabla de salvación de la gastronomía madrileña? Casi todos los dueños de estos negocios responden con un rotundo no. “Si el artículo es para decir que esto es un lugar para trabajar prefiero que ni me nombres”, advierte Cynthia Stucki, la dueña de Nómade Café. No es rentable tener a un cliente ocupando una mesa muchas horas. “Es que tenemos que hacer plata. Hay que ponerse en nuestro lugar”.

El dilema del cliente con computadora no es nuevo pero se agudizó con la pandemia del coronavirus. A los autónomos se les unieron oficinistas forzados a teletrabajar. Para el gastronómico, ver tantos dispositivos portátiles ocupando sus mesas supone un dolor de cabeza. Cuando llega la hora del almuerzo o la cena no les queda espacio libre para los clientes de placer, mucho más rentables. Una persona que come un menú ocupa la mesa durante 30 o 45 minutos, pero un cliente con computadora puede llegar a la mañana para irse al atardecer, explica Óscar Zugasti, dueño de La China Mandarina. “Esto es un restorán, no un lugar de coworking”, advierte tajante. Sin embargo, para estos clientes los bares-oficina tienen lo mejor de dos mundos. Compañía sin supervisión del jefe. “Yo no puedo entenderlo. ¿Cómo consiguen trabajar tomando vino?”, se pregunta Sandra Almeida, la dueña de Café el Art, una cafetería gourmet.

Una de las peores cosas que le puede pasar a muchos de estos gastronómicos es ser incluidos en una de esas listas de Internet con títulos como “10 cafeterías workplace con encanto” o “Los mejores coffices de Madrid”. Zugasti tiene pesadillas cuando ve a La China Mandarina en uno de esos artículos. Es la publicidad que menos desea.

La mejor manera de defenderse es “hacérsela difícil” a los clientes con computadora. Como necesitan enchufes y wifi, recortan su disponibilidad. Federal Café ha puesto en muchas mesas señales de prohibido usar laptop. Otros avisan de horarios restringidos en la misma carta, junto a la lista de precios.

A veces se viven momentos de tensión. Como cuando en Federal Café le pidieron a una clienta estresada que se cambiara a otra mesa y ella se lo tomó a mal. Al momento recibieron un aviso sobre una nueva valoración online de una sola estrella. O como cuando un periodista amenazó a Mamúa Café Bar con incluir en su artículo sobre El Rastro una mención sobre cómo lo obligaron a levantarse de la mesa. Ese local prohíbe usar netbook los fines de semana. “Hay gente que lo entiende y otros que no”, explica resignado el dueño, Pablo Migliore.

Irónicamente muchos dicen que trabajan mejor en un bar o un café. Está demostrado que el ruido ambiente ayuda a ciertas personas a concentrarse. Estos locales suelen tener música tranquila y un murmullo de fondo a veces roto por unas risas o la conversación por zoom de algún cliente. Los teletrabajadores buscan romper con la monotonía del living de su departamento. Y algunos hasta se motivan más cuando ven a otros en su situación. Chelo Lozano, una coach de 56 años, levanta a ratos la cabeza de la pantalla y al ver a la gente trabajando siente el deber de terminar su tarea. En su departamento se distrae poniendon el lavarropas, con el portero que le entrega la corrrespondencia o la hija de la vecina que llora. También tiene más tentaciones, dice ella: “Digo que me voy a comer unas almendras, un caqui, pero estoy comiendo todo el tiempo”. Lozano cuida mucho su estado de ánimo. Junto al teclado de su netbook tiene un post-it rosa con un recordatorio: sonríe.

Irene Dorta, una joven periodista, pasa sus días en cafés escribiendo historias. El ruido ambiente de los barcitos le recuerda a la atmósfera de la redacción. “Mi jefe no entiende por qué siempre que tenemos reunión le contestó en un bar diferente”, afirma.

Café del Art, en la plaza del Cascorro de La Latina, llega a tener una veintena de clientes con computadoras al mismo tiempo. La dueña, Sandra Almeida, es una portuguesa de 45 años amante del café de calidad. Mira a su alrededor y tiene el local casi lleno del público con portátiles. Con algunos tiene ya tanta confianza que los ve casi como familia. Pero habla de encontrar el equilibrio entre estos clientes y otros que vienen a pasar el rato con sus perros y sus hijos. Tres chicas jóvenes con mochilas entran por la puerta, dan una vuelta por el local y se marchan. No divisaron enchufes a la vista. A ella no le preocupa. ¿Por qué no instalar un alargador? Ella piensa la respuesta: “Mejor ir despacito. Porque si no te convertís en algo que no querés “.

Diario El País

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